jueves, 23 de febrero de 2012

119 AVNV









Otra extraordinaria joya de Zane Grey queDoncomic nos trae con su cuidado exquisito,impecable en la portada y en las páginas interiores.Muchas gracias.

La pluma de Zane Grey.Serpenteaba por la vaguada de los valles tortuosos, al pie de las colinas y oteros, lindados por enebros, hacia los grandes valles grises donde miles de caballos salvajes vagaban errantes; seguía serpenteando luego en mil vueltas a través de la llanura, como si buscara una salida hacia la sierras de Nevada, cuajadas de bosques de pinos, a cuyo pie volvíase, convertido en un pobre riachuelo, sin arroyos ni fuentes que aumentasen su menguado caudal, mas siempre querido por los cazadores de caballos y los vaqueros. En las Llanuras Arcillosas, siempre sedientas, perdía su exiguo ímpetu y, desviado por la enorme roca bermeja que impedíale la entrada a la cuenca del lago Pato Silvestre, velase, por último, obligado a describir un ancho círculo de más de cien millas, para encontrar, al otro lado de las montañas Sage, no muy lejos de sus propias fuentes, un mísero fin en las tierras arenosas de lo que un día fué el fondo del lago Tule. La cabaña gris, curtida por la intemperie, en que habitaba Benjamín Ide participaba un poco de la melancólica austeridad del país, aunque su situación era muy pintoresca, pues se hallaba en la costa sur del gran lago sobre el único promontorio que dominaba las aguas batidas por los vientos. El Río Perdido nacía precisamente debajo de la puerta de la cabaña, pues ésta no daba sobre el lago, sino sobre el río, hacia el oeste. Desde allí le era posible a Benjamín observar la tortuosa corriente en muchas millas de extensión. El promontorio distinguíase de la restante y desnuda costa del lago porque en su escaso suelo crecían algunos enebros. El lago Claro tenía diez millas de. circunferencia, y en todas partes, salvo en aquel promontorio, llegaba la artemisa gris hasta el borde de la arena blanquecina de la orilla. Detrás de la cabaña, allí donde el cabo se ensanchaba, había un gran granero muy bien construido y unido a un enorme corral. En él piafaban y relinchaban caballos indómitos tal vez para comunicarse con sus hermanos salvajes que correteaban libremente en las distantes laderas que en lontananza iban subiendo hacia el cielo azul. El granero y el corral, que contrastaban con la pobre: construcción de la cabaña, hubieran advertido a cualquiera que Benjamín Ide amaba apasionadamente a los caballos y pensaba poco en sus propias comodidades.

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